Todas las hadas tienen una misión en la vida, no se iban a estar todo el tiempo bailando entre las flores y recogiendo gotas de rocío. Tienen la misión de convertirse en el hada madrina de una niña. ¿Y qué es un hada madrina?, te preguntarás. Pues un hada madrina es un hada que cuida de su ahijada, vela por las noches para que no tenga pesadillas, sopla colores mágicos durante el día para que todo sea más bonito a sus ojos e inventa juegos por la tarde, para que nunca se aburra. Las hadas viven en su lugar preferido del mundo hasta que eligen una niña para ser su hada madrina, entonces pasan a vivir entre el pelo de la niña, en el dobladillo de su ropa, entre las páginas de su libro favorito, vamos, en cualquier sitio donde se sientan a gusto. Un día, un día especial, tres haditas tuvieron que elegir a su ahijada. Las tres haditas eran el hada Limonada, el hada Naranjada y el hada Helada. El hada Limonada vivía en un precioso limonero, enorme y lleno de orondos limones, olorosos y ovalados. Compartía árbol con un camaleón que se llamaba Camatigre y que siempre andaba enfadado porque no controlaba la forma de mantener un color estable, se ponía tan furioso que los ojos le daban vueltas a toda velocidad, cada uno en una dirección. A Limonada le gustaba montar en Camatigre, cuando este no estaba enfadado, y algunas veces cazaba moscas para su amigo. Pero su pasatiempo favorito era perfumar su varita mágica y sus alas con zumo de limón, así, cuando volaba, todo olía a limón a su paso.
El hada Naranjada habitaba un grandísimo naranjo, un naranjo siempre repleto de flores de azahar que producían muchas naranjas redondas y dulces, naranjas naranjas, como el sol cuando se pone y cuando sale. El naranjo era como una cuna de muchos soles. Con Naranjada vivía la araña Consuelo, una araña vieja y tozuda que estaba casi ciega, pero que hacía una preciosa telaraña de formas exactas. A Naranjada le gustaba decorar los hilos de la telaraña con muchos colores, y luego los hacía vibrar para producir música, fabricando guitarras de música mágica, Consuelo se enfadaba cuando hacía esto, porque las moscas nunca caían en una trampa de mil colores, y nunca era capaz de cazar, pero luego la música siempre le apaciguaba y se contentaba con masticar alguna flor del naranjo, a falta de un suculento insecto. Pero con lo que más disfrutaba Naranjada era con la recolección del aroma de las flores del naranjo, del azahar, mojaba su barita mágica en los estambres de las flores e impregnaba sus alas en los pétalos, y toda ella olía a azahar de naranjo.
El hada Helada había hecho su casa en un enorme congelador de un restaurante. Era como una habitación que estaba llena de carne, verduras, pasteles, y, por supuesto, helados, todo muy frío, congelado vamos, imagínate. Helada compartía congelador con Agustín, un pingüino, cortés y servicial que se había escapado del zoo. Helada lo vio por mitad de la calle, saltando entre los coches, asustadísimo el pobre, y lo rescató. Cuando Agustín conoció la casa de Helada no se lo pensó dos veces y se instaló con ella, allí tenía las tres cosas que más le gustaba en el mundo: pescado, frío y una amiga. A Helada le gustaba ver como Agustín se tragaba las truchas congeladas enteras, y a veces jugaba a que se las arrojaba y él las cazaba al vuelo. Pero lo que más le gustaba era dormir, pero no dormir en cualquier sitio, no, le gustaba dormir en el interior de una tarrina de helado de vainilla, así que Helada siempre iba oliendo a vainilla por donde agitaba sus alas y su varita mágica.
El día especial era un día de invierno. Un hada cartero les hizo llegar una orden a cada una de ellas, tenían que elegir una niña a quien proteger, tenían que elegir de una vez a su ahijada, era una orden de la reina de las hadas, ya bastaba de holgazanería.
Limonada se lavó bien la cara con rocío, se estiró las alas, montó la barita mágica y dijo: “pues a buscar a mi ahijada”, en ese momento vio como Camatigre, su amigo camaleón, se escondía debajo de una gran y verde hoja, y es que un avión enorme surcaba el cielo con estrépito. “Ya sé”, dijo el hadita, “iré al avión y elegiré una niña que venga en él”. Y así hizo, rápida como el viento se dispuso a perseguir al avión, llegó al aeropuerto, esperó a que aterrizara y aguardó a que todo el mundo saliera por la terminal, qué impaciencia, qué nervios, ¿y si no viene ninguna niña en ese avión? ¡Qué no viene ninguna! ¡Unas cuantas!, todas guapísimas, con un pelo negrísimo
de noche y unos ojos de eterna sonrisa. Entones, ante la indecisión, se tapó los ojos con una mano, giró sobre sí misma y apuntó con la barita, ya está, había elegido, se acercó al carrito de la niña y se refugió entre los pliegues de un peluche con forma de mariquita que la niña apretaba contra sí.
Mientras, Naranjada se había estado acicalando, y ya sus alas refulgían de tonos solares cuando se dispuso a buscar a la niña que sería su protegida. Hizo calentamiento de alas, dio un beso a Consuelo, y se lanzó al aire. Comenzó a buscar por toda la ciudad, nada, ni una niña pequeña sin su hada madrina, pues no iba a estar fácil la cosa. De pronto un coche reflejó el sol y deslumbró a Naranjada, la deslumbró tanto que cuando se quiso dar cuenta el coche estaba tan cerca de ella que no pudo esquivarlo y se dio un buen golpe contra el cristal, vamos, se quedó pegado a él, como un mosquito. Un poco aturdida, abrió los ojos bien y miró dentro del vehículo, conducía un señor, y una señora tenía en brazos a una niña con la cara radiante como un sol de amor, y pensó, “ya tengo una ahijada”, entró por un resquicio de la ventanilla y se metió dentro del sonajero de la niña.
Agustín llevaba un buen rato aporreando la tapa del helado de vainilla que servía de cama a Helada, ¡qué hada tan dormilona! “Vamos Helada, tienes que despertar, tienes que encontrar a tu ahijada”, gritaba Agustín, pero ni caso, Helada estaba soñando con un invierno lleno de nieve en el que construir muchos muñecos. Por fin Helada despertó, comió una ramita de brécol congelada y un poquito de helado de moras, se llenó bien las alas de helado de vainilla y salió a su pesar del congelador cuando ya era de noche, para buscar a la niña que iba a ser su protegida. La noche era fría, así que se atrevió a volar bajo, para poder mirar por las ventanas, entonces, a través de una ventana, en una habitación chiquitita, en una cuna de madera, vio una niña hermosa como la luna que alumbraba su cara, y pensó, aquí me quedo, esta niña será mi ahijada, y colándose en la casa, dio un beso a su ahijada, y buscó el congelador esperando encontrar una cama por lo menos tan confortable como la que tenía.
Los papás de Amalia estaban muy cansados, se habían reunido con su hija en un país muy distante del suyo, habían estado muchas horas en el avión para poder estar los tres juntos, y ahora se sentían muy felices, los dos miraban como su hija dormía, entonces mamá dijo:
-“¿No te parece que esta niña huele a limón y azahar?”
-“Es verdad”,- dijo papá,- “y antes al besarla, parecía que también olía a helado de vainilla”.
-“Es la niña más guapa del mundo”,- dijo mamá.
-“Y la más dulce”,- añadió papá.
Durante la noche, Helada salió un momentito del helado de crema catalana que le servía de refugio en el congelador, para comprobar que su ahijada estaba bien tapada, no fuera que cogiera frío. Estando asomada a la cuna, batiendo las alas despacito para no echar aire en la cara de la niña, notó un movimiento, miró sorprendida hacia el sonajero, sin duda, el sonajero se estaba moviendo. “¡Qué susto!, ¿qué habrá dentro del sonajero?”, pensó el hadita mientras se escondía entre las sábanas de la niña, pero recapacitó, salió de la cuna, se subió las mangas y esperó con cara de pocos amigos y con mucho miedo por dentro, a quien osara molestar a su niña. Del sonajero salió Limonada, Helada se abalanzó sobre ella y las dos rodaron por el suelo, Helada subió a caballo sobre Limonada y la inmovilizó.
“Déjame ya pedazo de animal”, gritó Limonada. “¿Qué haces en esta habitación?, vamos responde”, dijo Helada, “eso mismo te pregunto yo a ti, y baja de mi espalda que me clavas tu barita, jolín”, suplicó Limonada, “está bien, pero si me dices quién eres”.
-“Pues soy Limonada, el hada madrina de esta niña”.
-“Eso ni hablar, el hada madrina de esta niña soy yo”, reclamó Helada.
“Soy yo, soy yo, soy yo, soy yo, soy yo, soy yo”, gritaban las dos haditas cada vez más enfadadas. Hasta que otro grito, más agudo y fuerte acalló a las contrincantes.
-“Callaros las dos, esta niña ya tiene hada madrina, el hada Naranjada, que soy yo, y se llama Amalia, lo escuché en el coche cuando venía con sus padres”.- Naranjada se había despertado con tanto alboroto.
Pero ahora el lío era más grande, ya no eran dos las haditas que querían proteger a Amalia, sino que eran tres, y cualquiera se ponía a decir cual de ellas chillaba más fuerte o quien amenazaba más con su barita mágica. Tan grande era la riña que Amalia despertó y se puso a llorar, y es que despertarse en medio de la noche porque tres hadas estén discutiendo en tu habitación no le gusta a nadie. Papá y mamá saltaron de la cama, tomaron en brazos a la niña, la llenaron de besos y la metieron en la cama de ellos, para que no se sintiera sola en el resto de la noche.
En esto, las haditas se reprochaban con gestos una a otras que habían tenido la culpa de que Amalia despertara, y se empujaban de la habitación unas a otras, reclamando ser el único hada de la niña. Como no llegaban a un acuerdo decidieron volver cada una a su casa y quedar para el día siguiente para un combate de baritas mágicas, la vencedora sería el Hada Madrina de Amalia.
Cuando Limonada contó a Camatigre lo sucedido, el camaleón se puso de color morado con lunares amarillos, señal de que estaba pensando, y dijo: “tenéis que llegar a un acuerdo”. “No, no hay acuerdo que valga, Amalia es mi ahijada, y ahora me voy a dormir”. Qué cabezota el hadita, Camatigre, lamentándose, bajó lentamente del árbol y se encaminó al naranjo donde sabía que vivía Naranjada.
Consuelo también escuchó toda la historia de boca de su amiga Naranjada, se rascó la cabeza con una pata peluda, y dijo: “yo creo que las haditas buenas llegan a acuerdos, tenéis que hablar”. “Hablar, no y no, Amalia es mi ahijada, y ahora me voy a dormir. ¡Vaya
carácter el hadita!, Consuelo, pensativa, se ató un hilo a la cintura, e hizo puenting hasta el suelo, “voy a buscar a Limonada, a ver si le hago entrar en razones”, dijo mientras se balanceaba en el vacío.
Agustín estaba jugando al juego de la herradura con unos langostinos cuando Helada le narró todo el episodio de la riña con las otras haditas, y dijo: “sentaros y conversar tranquilamente, tiene que haber una solución”. “¿Solución?, sí, la solución es que me dejen en paz las otras porque yo soy el único hada de Amalia, y ahora voy a meterme en mi helado de vainilla, no hagas ruido”. Cuando Helada se enfada es que se pone insoportable. Agustín decidió acercarse al parque donde vivían Limonada y Naranjada aprovechando la noche, a ver si las hacía entrar en razones. Llegando al parque se encontró con una pareja muy especial, Camatigre y Consuelo se habían reunido, bueno más bien Consuelo aterrizó en la cabeza de Camatigre, y ya puestos se pusieron a conversar sobre lo acontecido a sus amigas. Agustín, que no conocía de nada a la araña ni al reptil, se sorprendió de que hablaran de Limonada y Naranjada, y se presentó, se sentó con ellos y con los dos coincidió en que sus amigas eran unas cabezotas. Decidieron encontrar una solución al conflicto antes de que se hiciesen daño con una de las baritas. Mucho pensaron, pero era difícil la solución, ninguna quería renunciar a la niña. Al final Agustín dijo, “a ver Camatigre, ¿qué es lo que más le gusta a Limonada?”. “Pues, pues,- contestó Camatigre morado y amarillo.- lo que más le gusta son los limones, dice que son como el sol cuando sube alto por la mañana”. “Ajá,”- dijo Agustín apuntando la respuesta en el mullido suelo con una ramita. “¿Y a Naranjada, qué es lo que mas le gusta? Consuelo”. “Pues a Naranjada,- dijo rascándose la cabeza con una pata peluda,- lo que más le gusta son las naranjas que dice que son como el sol cuando cae en la tarde”. “Ya”,- dijo Agustín apuntando la respuesta. “Pues lo que más le gusta a Helada es tapar a los niños para que no pasen frío, así que ya tengo la solución, mañana acompañad a vuestras amigas al duelo de baritas mágicas, yo las convenceré para que lleguen a un acuerdo”. Así el camaleón, la araña y el pingüino siguieron cada uno su camino.
A la mañana siguiente las tres haditas madrugaron mucho para medirse con las otras y ser la única hada de Amalia, cada una iba con su amigo y cuando las tres estaban en el aire formando un triángulo y amenazando con sus baritas los amigos gritaron a la vez desde el suelo: “chicas, no peléis tenemos una solución”. Las hadas, sorprendidas, bajaron al suelo y se dispusieron a escuchar. Agustín se aclaró la voz, y con autoridad dijo: “ya que las tres habéis elegido a Amalia, se nos ha ocurrido a Camatigre, a Consuelo y a mí mismo, que lo mejor es que las tres seáis las hadas de la niña. Limonada, que adora la mañana, estará presente cuando Amalia despierte y la acompañará en las primeras horas, Naranjada, que se pirra por los atardeceres, estará con ella hasta que se ponga el sol, y Helada vigilará su sueño por las noches y estará pendiente de que ni pesadillas ni el frío entren en su habitación, ¿qué os parece? Nosotros creemos que es un buen acuerdo, además vais a tener mucho tiempo para jugar con nosotros y no creo que se queje el sindicado de Hadas porque vais a trabajar menos. Bueno, ¿qué os parece?”. Las tres haditas se qued
aron mudas de asombro, qué acuerdo tan maravilloso, las tres saltaron de alegría, se abrazaron y frotaron sus alas mezclando sus olores, habían llegado a un acuerdo.
Desde entonces Amalia es la niña más afortunada del mundo, la niña de pelo negrísimo de noche y ojos de eterna sonrisa, tenía tres haditas para hacerla feliz y otra cosa, pero no se lo digas a nadie, también tenía un dragón pequeñito y rojo que se había traído de China.
El hada Naranjada habitaba un grandísimo naranjo, un naranjo siempre repleto de flores de azahar que producían muchas naranjas redondas y dulces, naranjas naranjas, como el sol cuando se pone y cuando sale. El naranjo era como una cuna de muchos soles. Con Naranjada vivía la araña Consuelo, una araña vieja y tozuda que estaba casi ciega, pero que hacía una preciosa telaraña de formas exactas. A Naranjada le gustaba decorar los hilos de la telaraña con muchos colores, y luego los hacía vibrar para producir música, fabricando guitarras de música mágica, Consuelo se enfadaba cuando hacía esto, porque las moscas nunca caían en una trampa de mil colores, y nunca era capaz de cazar, pero luego la música siempre le apaciguaba y se contentaba con masticar alguna flor del naranjo, a falta de un suculento insecto. Pero con lo que más disfrutaba Naranjada era con la recolección del aroma de las flores del naranjo, del azahar, mojaba su barita mágica en los estambres de las flores e impregnaba sus alas en los pétalos, y toda ella olía a azahar de naranjo.
El hada Helada había hecho su casa en un enorme congelador de un restaurante. Era como una habitación que estaba llena de carne, verduras, pasteles, y, por supuesto, helados, todo muy frío, congelado vamos, imagínate. Helada compartía congelador con Agustín, un pingüino, cortés y servicial que se había escapado del zoo. Helada lo vio por mitad de la calle, saltando entre los coches, asustadísimo el pobre, y lo rescató. Cuando Agustín conoció la casa de Helada no se lo pensó dos veces y se instaló con ella, allí tenía las tres cosas que más le gustaba en el mundo: pescado, frío y una amiga. A Helada le gustaba ver como Agustín se tragaba las truchas congeladas enteras, y a veces jugaba a que se las arrojaba y él las cazaba al vuelo. Pero lo que más le gustaba era dormir, pero no dormir en cualquier sitio, no, le gustaba dormir en el interior de una tarrina de helado de vainilla, así que Helada siempre iba oliendo a vainilla por donde agitaba sus alas y su varita mágica.
El día especial era un día de invierno. Un hada cartero les hizo llegar una orden a cada una de ellas, tenían que elegir una niña a quien proteger, tenían que elegir de una vez a su ahijada, era una orden de la reina de las hadas, ya bastaba de holgazanería.
Limonada se lavó bien la cara con rocío, se estiró las alas, montó la barita mágica y dijo: “pues a buscar a mi ahijada”, en ese momento vio como Camatigre, su amigo camaleón, se escondía debajo de una gran y verde hoja, y es que un avión enorme surcaba el cielo con estrépito. “Ya sé”, dijo el hadita, “iré al avión y elegiré una niña que venga en él”. Y así hizo, rápida como el viento se dispuso a perseguir al avión, llegó al aeropuerto, esperó a que aterrizara y aguardó a que todo el mundo saliera por la terminal, qué impaciencia, qué nervios, ¿y si no viene ninguna niña en ese avión? ¡Qué no viene ninguna! ¡Unas cuantas!, todas guapísimas, con un pelo negrísimo
de noche y unos ojos de eterna sonrisa. Entones, ante la indecisión, se tapó los ojos con una mano, giró sobre sí misma y apuntó con la barita, ya está, había elegido, se acercó al carrito de la niña y se refugió entre los pliegues de un peluche con forma de mariquita que la niña apretaba contra sí.Mientras, Naranjada se había estado acicalando, y ya sus alas refulgían de tonos solares cuando se dispuso a buscar a la niña que sería su protegida. Hizo calentamiento de alas, dio un beso a Consuelo, y se lanzó al aire. Comenzó a buscar por toda la ciudad, nada, ni una niña pequeña sin su hada madrina, pues no iba a estar fácil la cosa. De pronto un coche reflejó el sol y deslumbró a Naranjada, la deslumbró tanto que cuando se quiso dar cuenta el coche estaba tan cerca de ella que no pudo esquivarlo y se dio un buen golpe contra el cristal, vamos, se quedó pegado a él, como un mosquito. Un poco aturdida, abrió los ojos bien y miró dentro del vehículo, conducía un señor, y una señora tenía en brazos a una niña con la cara radiante como un sol de amor, y pensó, “ya tengo una ahijada”, entró por un resquicio de la ventanilla y se metió dentro del sonajero de la niña.
Agustín llevaba un buen rato aporreando la tapa del helado de vainilla que servía de cama a Helada, ¡qué hada tan dormilona! “Vamos Helada, tienes que despertar, tienes que encontrar a tu ahijada”, gritaba Agustín, pero ni caso, Helada estaba soñando con un invierno lleno de nieve en el que construir muchos muñecos. Por fin Helada despertó, comió una ramita de brécol congelada y un poquito de helado de moras, se llenó bien las alas de helado de vainilla y salió a su pesar del congelador cuando ya era de noche, para buscar a la niña que iba a ser su protegida. La noche era fría, así que se atrevió a volar bajo, para poder mirar por las ventanas, entonces, a través de una ventana, en una habitación chiquitita, en una cuna de madera, vio una niña hermosa como la luna que alumbraba su cara, y pensó, aquí me quedo, esta niña será mi ahijada, y colándose en la casa, dio un beso a su ahijada, y buscó el congelador esperando encontrar una cama por lo menos tan confortable como la que tenía.
Los papás de Amalia estaban muy cansados, se habían reunido con su hija en un país muy distante del suyo, habían estado muchas horas en el avión para poder estar los tres juntos, y ahora se sentían muy felices, los dos miraban como su hija dormía, entonces mamá dijo:
-“¿No te parece que esta niña huele a limón y azahar?”
-“Es verdad”,- dijo papá,- “y antes al besarla, parecía que también olía a helado de vainilla”.
-“Es la niña más guapa del mundo”,- dijo mamá.
-“Y la más dulce”,- añadió papá.
Durante la noche, Helada salió un momentito del helado de crema catalana que le servía de refugio en el congelador, para comprobar que su ahijada estaba bien tapada, no fuera que cogiera frío. Estando asomada a la cuna, batiendo las alas despacito para no echar aire en la cara de la niña, notó un movimiento, miró sorprendida hacia el sonajero, sin duda, el sonajero se estaba moviendo. “¡Qué susto!, ¿qué habrá dentro del sonajero?”, pensó el hadita mientras se escondía entre las sábanas de la niña, pero recapacitó, salió de la cuna, se subió las mangas y esperó con cara de pocos amigos y con mucho miedo por dentro, a quien osara molestar a su niña. Del sonajero salió Limonada, Helada se abalanzó sobre ella y las dos rodaron por el suelo, Helada subió a caballo sobre Limonada y la inmovilizó.
“Déjame ya pedazo de animal”, gritó Limonada. “¿Qué haces en esta habitación?, vamos responde”, dijo Helada, “eso mismo te pregunto yo a ti, y baja de mi espalda que me clavas tu barita, jolín”, suplicó Limonada, “está bien, pero si me dices quién eres”.
-“Pues soy Limonada, el hada madrina de esta niña”.
-“Eso ni hablar, el hada madrina de esta niña soy yo”, reclamó Helada.
“Soy yo, soy yo, soy yo, soy yo, soy yo, soy yo”, gritaban las dos haditas cada vez más enfadadas. Hasta que otro grito, más agudo y fuerte acalló a las contrincantes.
-“Callaros las dos, esta niña ya tiene hada madrina, el hada Naranjada, que soy yo, y se llama Amalia, lo escuché en el coche cuando venía con sus padres”.- Naranjada se había despertado con tanto alboroto.
Pero ahora el lío era más grande, ya no eran dos las haditas que querían proteger a Amalia, sino que eran tres, y cualquiera se ponía a decir cual de ellas chillaba más fuerte o quien amenazaba más con su barita mágica. Tan grande era la riña que Amalia despertó y se puso a llorar, y es que despertarse en medio de la noche porque tres hadas estén discutiendo en tu habitación no le gusta a nadie. Papá y mamá saltaron de la cama, tomaron en brazos a la niña, la llenaron de besos y la metieron en la cama de ellos, para que no se sintiera sola en el resto de la noche.
En esto, las haditas se reprochaban con gestos una a otras que habían tenido la culpa de que Amalia despertara, y se empujaban de la habitación unas a otras, reclamando ser el único hada de la niña. Como no llegaban a un acuerdo decidieron volver cada una a su casa y quedar para el día siguiente para un combate de baritas mágicas, la vencedora sería el Hada Madrina de Amalia.
Cuando Limonada contó a Camatigre lo sucedido, el camaleón se puso de color morado con lunares amarillos, señal de que estaba pensando, y dijo: “tenéis que llegar a un acuerdo”. “No, no hay acuerdo que valga, Amalia es mi ahijada, y ahora me voy a dormir”. Qué cabezota el hadita, Camatigre, lamentándose, bajó lentamente del árbol y se encaminó al naranjo donde sabía que vivía Naranjada.
Consuelo también escuchó toda la historia de boca de su amiga Naranjada, se rascó la cabeza con una pata peluda, y dijo: “yo creo que las haditas buenas llegan a acuerdos, tenéis que hablar”. “Hablar, no y no, Amalia es mi ahijada, y ahora me voy a dormir. ¡Vaya
carácter el hadita!, Consuelo, pensativa, se ató un hilo a la cintura, e hizo puenting hasta el suelo, “voy a buscar a Limonada, a ver si le hago entrar en razones”, dijo mientras se balanceaba en el vacío.Agustín estaba jugando al juego de la herradura con unos langostinos cuando Helada le narró todo el episodio de la riña con las otras haditas, y dijo: “sentaros y conversar tranquilamente, tiene que haber una solución”. “¿Solución?, sí, la solución es que me dejen en paz las otras porque yo soy el único hada de Amalia, y ahora voy a meterme en mi helado de vainilla, no hagas ruido”. Cuando Helada se enfada es que se pone insoportable. Agustín decidió acercarse al parque donde vivían Limonada y Naranjada aprovechando la noche, a ver si las hacía entrar en razones. Llegando al parque se encontró con una pareja muy especial, Camatigre y Consuelo se habían reunido, bueno más bien Consuelo aterrizó en la cabeza de Camatigre, y ya puestos se pusieron a conversar sobre lo acontecido a sus amigas. Agustín, que no conocía de nada a la araña ni al reptil, se sorprendió de que hablaran de Limonada y Naranjada, y se presentó, se sentó con ellos y con los dos coincidió en que sus amigas eran unas cabezotas. Decidieron encontrar una solución al conflicto antes de que se hiciesen daño con una de las baritas. Mucho pensaron, pero era difícil la solución, ninguna quería renunciar a la niña. Al final Agustín dijo, “a ver Camatigre, ¿qué es lo que más le gusta a Limonada?”. “Pues, pues,- contestó Camatigre morado y amarillo.- lo que más le gusta son los limones, dice que son como el sol cuando sube alto por la mañana”. “Ajá,”- dijo Agustín apuntando la respuesta en el mullido suelo con una ramita. “¿Y a Naranjada, qué es lo que mas le gusta? Consuelo”. “Pues a Naranjada,- dijo rascándose la cabeza con una pata peluda,- lo que más le gusta son las naranjas que dice que son como el sol cuando cae en la tarde”. “Ya”,- dijo Agustín apuntando la respuesta. “Pues lo que más le gusta a Helada es tapar a los niños para que no pasen frío, así que ya tengo la solución, mañana acompañad a vuestras amigas al duelo de baritas mágicas, yo las convenceré para que lleguen a un acuerdo”. Así el camaleón, la araña y el pingüino siguieron cada uno su camino.
A la mañana siguiente las tres haditas madrugaron mucho para medirse con las otras y ser la única hada de Amalia, cada una iba con su amigo y cuando las tres estaban en el aire formando un triángulo y amenazando con sus baritas los amigos gritaron a la vez desde el suelo: “chicas, no peléis tenemos una solución”. Las hadas, sorprendidas, bajaron al suelo y se dispusieron a escuchar. Agustín se aclaró la voz, y con autoridad dijo: “ya que las tres habéis elegido a Amalia, se nos ha ocurrido a Camatigre, a Consuelo y a mí mismo, que lo mejor es que las tres seáis las hadas de la niña. Limonada, que adora la mañana, estará presente cuando Amalia despierte y la acompañará en las primeras horas, Naranjada, que se pirra por los atardeceres, estará con ella hasta que se ponga el sol, y Helada vigilará su sueño por las noches y estará pendiente de que ni pesadillas ni el frío entren en su habitación, ¿qué os parece? Nosotros creemos que es un buen acuerdo, además vais a tener mucho tiempo para jugar con nosotros y no creo que se queje el sindicado de Hadas porque vais a trabajar menos. Bueno, ¿qué os parece?”. Las tres haditas se qued
aron mudas de asombro, qué acuerdo tan maravilloso, las tres saltaron de alegría, se abrazaron y frotaron sus alas mezclando sus olores, habían llegado a un acuerdo.Desde entonces Amalia es la niña más afortunada del mundo, la niña de pelo negrísimo de noche y ojos de eterna sonrisa, tenía tres haditas para hacerla feliz y otra cosa, pero no se lo digas a nadie, también tenía un dragón pequeñito y rojo que se había traído de China.

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