lunes, 25 de enero de 2010

El Sueño de Gordito I

Gordito era un gusanote grande y rollizo, por eso todo el mundo en el Olmo le llamaba así. Era amarillo y verde, tenia grandes coloretes en cada mejilla y unos ojos soñadores que siempre estaban muy abiertos, tratando de comprender todo y de abarcar todo con su mirada.
Gordito tenia un sueño, era un sueño que se repetía todas las noches, todas las siestas, todas las noches otra vez, o sea, cada vez que se echaba una cabezadita. Gordito soñaba que se arrastraba por una manzana gorda, roja, reluciente, llena de jugo y de vida, iba dispuesto a darle un buen mordisco, preludio de lo que sería un hermoso y nutritivo túnel, cuando algo sucedió, no sabía cómo pero una fuerza mágica le hacía mirar hacia arriba, y, de pronto, vio algo maravilloso, algo que Gordito ni tan siquiera hubiera podido imaginar antes, un ser como nacido de la luz pasó volando sobre su cabeza, se sostenía en el aire como impulsado por algún extraño poder, el sol pintaba con muchos colores sus alas con forma de corazón y su cuerpo era esbelto y hermoso. Gordito dejó de pensar en la manzana y gritó:
-¿Quién eres?
Pero el mágico ser no respondió nada.
-Dime, ¿quién eres?,-volvió a insistir el gusanito, pero el ser parecía no oírle y se alejaba cada vez más. Gordito llenó sus pulmones, se irguió sobre su parte trasera y con toda la fuerza de su garganta gritó:
-Hola, dime quien eres maravilloso ser.
Ahora sí que pareció oírle, el ser halado giró en el aire, se dirigió hacia él y sosteniéndose sobre su cabeza dijo:
-¿Y tú?¿Quién eres tú?
-Soy Gordito, -dijo el gusano.
-¡Ah!, muy bien, Gordito, mira, Gordito, tengo mucha prisa, se acerca el invierno y tengo que ir al sur, allí hará menos frío. ¿Qué quieres saber?
-Quiero saber quién eres, por qué eres tan hermoso.
El ser rompió a reír con toda la alegría de su corazón.
-Ja,ja, ja, ja, así que es eso, me llamo Suave, y no soy más hermosa que mis hermanos y hermanas.
-¿Dónde están ellos?, ¿de dónde vienes tu?
Casi no le dio tiempo de formular estas frases porque el se emprendió de nuevo su marcha y desde la lejanía le gritó:
-Soy como tú, estoy dentro de ti, búscame en tu corazón.
Y en ese momento Gordito despertaba. ¡Le daba una rabia!, porque siempre despertaba en el momento en el que iba a salir corriendo tras Suave para hacerle más preguntas.

Gordito vivía en un gran olmo, mejor dicho, vivía en una rama de ese árbol, o mejor todavía, vivía en uno de los brotes más tiernos de una de las ramas más altas de un viejo y gran olmo.
El gusanito estaba todo el día comiendo o durmiendo, no conocía más que su ramita y no tenía amigos, así es que el poco tiempo que no estaba comiendo o durmiendo, se aburría muchísimo, se aburría tanto que le entraba sueño o ganas de comer, y volvía a hacer una de sus dos ocupaciones.
Ya sabemos lo que ocurría cuando dormía, soñaba, pero cuando comía no había casi nada que le distrajera, todo era comer, comer, comer, comer, comer, pausa para respirar, comer, comer, comer, comer,... Por eso un par de orugas bastante gruñonas que vivían en su misma ramita le llamaban glotón.
-¡Qué gusano tan comilón!,´-exclamaba la señora oruga.
-Fíjate que rollizo está. – Cotilleaba el señor orugo.
-Además no tiene ni un pelo.-Exclamaban a veces al unísono, extrañadas de que no fuese como ellas, llenas de pelos de colores por todos sitios, lo que las hacía temibles, aunque en el fondo no fuesen más que un par de cotillas.

En una ramita más debajo de Gordito vivía un animalito que hacía mucha gracia al gusanito, era una mariquita, tenía un cuerpo redondo y rojito con lunares negros, y podía volar, además era muy guapa y, sobre todo, lo que más gustaba a Gordito, a parte de que pudiese volar, era que sabía cantar y bailar, y taconeaba muy fuerte con sus zapatos de flamenca. Pero la mariquita no quería ser amiga de Gordito, decía que los gusanos y las mariquitas no podían ser amigos porque eran diferentes, ella le decía:
-¿Has visto alguna vez una uva y una mora en el mismo racimo? Pues no, ¿a qué no? Son distintas y por eso no son amigas, pues lo mismo nosotros.
Y Gordito que no sabía qué eran una uva ni una mora no entendía nada.

Un día ocurrió una cosa que haría cambiar de opinión a la mariquita. Era una mañana soleada, todo el olmo estaba lleno de vida, las polillas volvían a su nido a acostarse después de haber estado toda la noche trabajando, las orugas comenzaban a fabricar su hilo, y la ociosa y sabia cigarra sacaba brillo a su guitarra dispuesta a saludar al sol. Esta cigarra guitarrista decía siempre a la mariquita que no bailase sobre el tronco del árbol, porque estaban por allí las señoras hormigas, y era peligroso molestarlas porque se ponían furiosas con mucha facilidad. Pero a la mariquita le encantaba bailar sobre la madera fuerte y recia del olmo, porque su taconeo sonaba más fuerte.
La cigarra comenzó a tocar su guitarra y la mariquita, estirándose, comenzó a cantar y a taconear:

A mí me gusta chupar las flores
Y esconderme en las lechugas
Pero nunca me des coles
O te pongo cara de oruga

Tacatacatacatacatacatacatá.

Me gusta mucho la flor de brezo
¡Ay! Que bien estoy en el tomillo.
Me hago una falda con flor de cerezo
Y duermo la siesta en ese alamillo.

Tacatacatacatacatacatacatá.


Gordito se despertó con la segunda estrofa de la canción y se dispuso a mirar a la mariquita, a disfrutar de su canción y de su danza. Pero en el taconeo la señora oruga demostró el mal carácter que tenía gritando:
-Cállate ya, chillona. Todas las mañanas lo mismo. Ojalá chupes una flor de ortiga y te quedes afónica, - farfulló mientras tendía el hilo al sol para que secara en una hoja.
Entonces la mariquita, para fastidiar más a la oruga voló hasta el tronco, y allí empezó a taconear y a cantar más fuerte.

Tacatacatacatacatacatacatá.

Tráeme zumo de frambuesa
Échalo en una campanilla,
También me gusta mucho la fresa
Y para ti cantaré con mantilla.

Tacatacatacatacatacatacatá.

-Amiga mariquita, vuelve ya, -gritó la cigarra, - se acercan las hormigas, y parece que hoy están muy enfadadas.
-No importa, mira como taconeo.

Tacatacatacatacatacatacatá.

-¡Ay!, Socorro, - la mariquita había taconeado tan fuerte que había metido una patita en un hueco de la corteza y se le había quedado atascada, - no puedo sacar la pata.
En esto que una pareja de hormigas venían de ronda por el tronco. En cuanto la vieron se dirigieron hacia ella.
-Mira, la mariquita que nos hace burla todas las mañanas.
-Sí, vaya, vaya, le daremos una buena lección.
Se dijeron una a otra.
Mientras la mariquita gritaba pidiendo ayuda, pero todos temían a las hormigas, Gordito estaba tan asustado como los demás, y como los otros, no sabía qué hacer. Las hormigas estaban ya muy cerca de la mariquita, entonces Gordito se armó de valor, cogió un poco del hilo que las orugas tenían para secar, lo ató a su cintura y al rabillo de la hoja sobre la que se encontraba y se dejó caer con todo su peso y toda su fuerza contra el tronco, cayendo sobre las hormigas. Éstas, todavía aturdidas, salieron huyendo, la mariquita pudo librar el pie y volar hasta su hoja, y Gordito quedó colgando en el vacío, cuando miró hacia abajo se tapó los ojos y comenzó a temblar, pero todos los insectos de su rama le vitoreaban como a un héroe, y entre todos, pues Gordito pesaba mucho, lo izaron hasta su rama.
La mariquita, que estaba muy agradecida, le abrazó y le dio un beso.
-¿Quieres ser ahora mi amiga?-Preguntó Gordito.
-Claro que sí, y bailaré para ti todos los días.
-¿Cómo te llamas?
-Lola, -dijo la mariquita haciendo una reverencia.
-Yo Gordito.
-Encantada Gordito, - y se lanzó hacia él para volver a besarlo.

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