miércoles, 3 de febrero de 2010

El Sueño de Gordito III






Llegó un momento en el que no quedaba más tronco, la tierra estaba allí mismo, sólo tenían que dejar la madera, y lo hicieron, al principio daba miedo, porque había muchas cosas que interrumpían el paso, hojas, maderitas, y además la tierra era dura y no había nada más allá, no se podía traspasar, de pronto notaron como algo se movía debajo de sus cuerpos, la tierra se quebró y apareció un agujero. Gordito miró sorprendido a Lola y ésta se encogió de hombros y se acercó a mirar por el agujero. De repente, del agujero salió una lombriz de tierra asustando a los dos amigos.
-Hoooola chiiiiicos,- dijo la lombriz con un tono muy petulante.
-Vaya, vaya, vaya, ¿habéis visto por aquí a Teresa, la mantis?
-No señora, no hemos visto a nadie, - dijo Gordito, - ¿quién es usted?
-¿Yooooooooo?¿Muaaaaaá? Yo soy la lombriz Estefanía, la lombriz más bella de esta raíz, parece mentira que no hayáis oído hablar de mí- Dijo muy disgustada mientras se ajustaba sus gafas, muy, muy gordas, como de alguien que ve muy poco.
-Hola, yo soy Lola, soy bailarina.
-¿Looola?¿Bailarina?
-Sí señora, bailarina y cantante, - dijo Lola orgullosa y un poco enfadada, - ¿quiere que se lo demuestre?¿Le bailo algo?
-No, no, deja monina, tengo que ir al salón de belleza de Teresa, la mantis, ¿dónde estará?
-Señora lombriz, - dijo Gordito, - ¿qué hay allá abajo?
-¿Ahíiiiií?-Dijo la lombriz, - pues la tierra. Acogedora, negra y nutritiva tierra bien horadada por mí, yo soy quien hace que la tierra tenga oxígeno porque la muevo y la vuelvo a mover. Ahí también hay raíces que son como las patas de los árboles y las plantas.
-¡Ah!- Exclamó Gordito entusiasmado, - ¿y nosotros podemos ir por uno de sus túneles?
-¿Tuuuuuu?,- dijo la lombriz, - ella quizás, pero tú no, para entrar por el túnel hay que ser esbelta como yo, no gooooordo como tu.
-Señora, él es gordo pero educado y bueno, no como usted, - dijo Lola.
-Uh, que niña más desconsiderada, - dijo la lombriz, y volvió a meterse en su túnel.
Lola quiso gritarle más cosas desde el agujero, pero Gordito se lo impidió y continuaron la marcha. Empezaron a andar, y a andar, y a andar, y cuando estaban tan lejos del olmo que no podían distinguirlo de otros árboles comenzaron a sentirse muy cansados. Tanto, que Gordito empezó a bostezar y Lola a cerrar los ojos, y ambos bostezaban al unísono, hasta que el gusano cogió un montón de hojas secas, hizo con ellas un colchón y se acomodó encima, Lola se acurrucó a su lado, ambos se quedaron al poco profundamente dormidos.
Mientras dormían Gordito soñaba con su sueño de siempre, Lola simplemente dormía y roncaba levemente. Todo era tranquilidad a su alrededor cuando, de pronto, un ruido sobresaltó a los dos, parecía como si la tierra se moviera, como si se cayera el cielo encima, Gordito y Lola estaban muy asustados, pues no sabían de dónde venía el ruido, cuando vieron que una gran bola negra venía hacia ellos, cuando parecía que iba a aplastarles se paró.
-A ver, ¿quién está en nuestro camino?- Dijo una voz detrás de la bola.
-Sí, ¿quién está?-Dijo otra voz.
Gordito y Lola estaban muy sorprendidos y no sabían que contestar. Finalmente el gusano dijo:
-Somos Gordito y Lola.
-Vaya, - dijo la primera voz.
-Sí, vaya, - dijo la segunda voz.
-La cigarra sabia nos ha hablado de vosotros, - dijo la primera voz.
-Sí, la cigarra, - ratificó la segunda.
-Somos Tafi, - dijo la primera voz.
-Sí, y Tofi, - dijo la segunda voz.
- Y aunque nos habéis interrumpido os ayudaremos a todo lo que necesitéis, - dijo Tafi.
- Sí, a lo que necesitéis, - dijo Tafi.
-Pero qué sois, - dijo Lola, - no os hemos visto todavía.
-Somos escarabajos peloteros, -dijo Tafi apareciendo detrás de la bola.
-Sí, peloteros, - dijo Tofi apareciendo también.
-Y pasamos todo el día trabajando recogiendo caca aquí y allá para añadirla a nuestra bola. Nos conocemos todo el bosque, - explicó Tafi.
-Sí, todo, todo el bosque, - dijo Tofi.
-Decid dónde queréis ir y nosotros os diremos como llegar, - aseguró Tafi.
-Sí, como llegar, - dijo Tofi.
-Pues queremos ir al país de los seres halados que chupan flores, - dijo Gordito.
Entonces Tafi miró sorprendido a Tofi, y ambos empezaron a reírse muchísimos.
Y ambos repitieron a la vez.
-Al país de los seres que chupan flores, jajajajajaaja.
-Pero a ver, tú que eres Gordito, - dijo Tafi conteniendo la risa.
-Sí ¿qué eres?- Dijo Tofi.
-Yo, yo soy un gusano, - respondió Gordito.
-Entonces ese país está muy cerca, mira dentro de ti, - dijo Tafi.
-Sí, dentro de ti, en tu corazón, -dijo Tofi.
-En mi corazón, - dijo Gordito como para sí, - en mi corazón.
-Venga Tofi tenemos que trabajar, estos pequeños no nos necesitan.
-Sí, digo, no, no nos necesitan, - dijo Tofi.
Y ambos volvieron a ocultarse tras la bola de caca y siguieron empujando.
Gordito se quedó muy triste porque estaba cansado y perdido, y además nadie le decía cómo llegar al país de sus sueños. Lola intentó animarle, pero no lo consiguió, así que, finalmente, Gordito se durmió después de comerse todas las hojas, Lola le tapó con la tela de las orugas y aprovechó el sueño de su amigo para volar hacia unas campanillas cercanas muy azules, que con el viento sonaban como cantarines cascabeles. Se entretuvo jugando un poco, y cuando volvió, dispuesta a dormir junto a su amigo se dio cuenta que la tela se había quedado dura como cemento, y que Gordito estaba totalmente envuelto. Entonces Lola comenzó a asustarse mucho, y se puso a golpear la dura coraza en la que se había convertido la tela, buscó un agujero, alguna rendija, algo, pero no encontró nada. Finalmente, cuando ya estaba desesperada, escuchó la voz de Gordito muy, muy, lejana desde dentro de esa cosa.
-Lola, Lola, no te preocupes, ya salgo.
-Gordito, ¿estás bien?
-Sí, he encontrado el país, estaba dentro de mi corazón, - respondió el gusanito, y en ese momento se escuchó un crujido, se rompió la corteza que le envolvía y, poco a poco, primero la cabeza, luego el tronco, Gordito salió, pero no parecía el mismo, se había convertido en una bellísima mariposa azul y malva. Lola se cayó de espaldas de la admiración y no podía decir nada. Gordito la miró, se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos.
-Ahora tengo que irme, -dijo.
-No nos volveremos a ver, ¿verdad?,- dijo apesadumbrada Lola.
-Claro que sí, tu ya estás en mi corazón y todas las noches soñaré contigo. Y yo estoy en tu corazón, y cada vez que cantes o bailes te acordarás de mí y me verás en tu corazón.
Lola le abrazó y derramó una lágrima caliente y dorada. Gordito agitó las alas y se marchó haci el rayo de luz que atravesaba los árboles, hacia el sur.

El Sueño de Gordito II

Desde entonces Gordito y Lola estaban siempre juntos, bueno, cuando Gordito no estaba durmiendo o comiendo, claro.
Un día el sueño de Gordito cambió, todo transcurría igual hasta que Suave emprendía de nuevo su vuelo, pero esta vez a Gordito sí le daba tiempo de hacer una nueva pregunta:
-¿Dónde has conseguido esas alas?
Y Suave, sin hacer caso a la pregunta le gritó desde lejos:
-Emprende tu camino, ya es hora, emprende tu camino.
-¿Adónde?, -gritó Gordito, ¿a dónde?¿Adónde?, -pero aquí sí que se despertó y se sintió muy triste porque no podía descubrir a dónde tenía que ir.
A partir de este sueño Gordito tenía en la mente una idea muy clara, tenía que hacer un viaje, Suave le había dicho que la buscara en su corazón, pero por más que le preguntaba a su corazón dónde estaba Suave, dónde estaba el país de esos seres mágicos y hermosos, el corazón no le respondía nada.
-Soy como tú, - le decía Suave, - sin embargo Gordito no encontraba parecido. En estas cavilaciones estaba cuando Lola llegó a enseñarle su nueva canción. La mariquita empezó a cantar y a taconear no sé qué de la primavera y las flores amarillas, pero Gordito no se concentraba en lo que su amiga hacía, hasta que Lola dio un fuerte taconazo y un grito que sobresaltó al gusano.
-Gordito, ¿ya no eres mi amigo? No me haces caso.
-Perdona Lola, es que estaba pensando.
-¿Pensando?,-preguntó Lola extrañadísima porque ella sólo pensaba cuando estaba preocupada, y sólo se preocupaba si las flores que más le gustaban dejaban de estar dulces, o si se volvía afónica.- Si estás pensando es que estás preocupado.
-Creo que sí, - respondió quedo el gusanito.
-¿No tienes suficiente comida? ¿Te molestan esas orugas gruñonas?¿No duermes bien? Si quieres te traigo yo misma más hojas frescas, o les digo a las orugas que se callen ya y dejen de cotillear, o te traigo brotes de sauco para que duermas bien y una luciérnaga pequeña y risueña para que ilumine tus noches.
-No, no, no es eso, es que, es que...
-¡Ay!, dilo ya.
-Es que voy a hacer un viaje muy lejos.
-¡Ah, un viaje!- Dijo maravillada Lola, - un viaje,- repitió esta vez preocupada.
-Sí, voy al país de Suave.
-¿Del insecto ese que vuela en tus sueños?
-Sí.
-Pero un viaje es peligroso, y tú no eres más que un gusano pequeño y gordinflón. Te perderás.
-Pero es que tengo que ir, tengo que ir.
-¿Quién te ha dicho que tienes que ir?
-Mi corazón.
A eso Lola no supo que replicar, así que se mantuvo callada y con un mohín salió volando y se posó enfadada y preocupada en otra rama. Gordito pidió prestado un trozo de tela a las orugas, que se lo dieron no sin antes someterle a mil y una preguntas, y con ella hizo un hatillo repleto de hojas, lo colgó a su revés y se despidió de todos, también quiso despedirse de Lola, pero no pudo encontrarla, así que impaciente, pero triste, comenzó a deslizarse hacia abajo del árbol.
Al pasar cerca de la cigarra sabia, ésta le dijo:
-Gordito, no te alejes mucho, el camino es corto.
-Sí, ¿pero dónde está?
-Sólo tú puedes descubrirlo.
-Vale, - dijo Gordito con un movimiento de cabeza.
-Ten cuidado con los pájaros y las hormigas, arrástrate siempre debajo de hojas y cortezas, y si tienes algún problema pregúntale a los escarabajos peloteros, son bravucones, pero nobles, y a mis primos los grillos, ellos te ayudarán.
-Gracias amiga cigarra, - dijo Gordito tratando de memorizar todos los consejos. Y siguió deslizándose tronco abajo.
Lola se quedó arriba muy triste, tan triste, que empezó a llorar muchísimo, hasta que sus zapatos se empaparon de lágrimas saladas. Entonces la cigarra sabia, que siempre estaba al tanto de todo, le dijo:
-Lola no llores, tu no estás hecha para eso, tú lo mejor que haces es bailar.
-Pero estoy triste, - dijo Lola entre sollozos.
-Lo mejor cuando uno está triste es hace aquello que más le gusta en el mundo, y así uno vuelve a estar contento. Así que, ¿ por qué no cantas?
La mariquita se enjugó las lágrimas, llenó de aire sus pulmones y se dispuso a cantar, pero de su boca no salía ningún sonido.
-No puedo, -dijo entre mocos y lágrimas.
-Eso es porque cantar no es lo que más te gusta en el mundo, debe haber alguna otra cosa.
-Estoy triste porque se va Gordito.
-Entonces a lo mejor lo que más te gusta es tener amigos, - aventuró la cigarra.
-Síiiiiiiiiii, - su rostro se iluminó, acabaron los sollozos, volvieron los colores a sus mejillas y sin pensarlo dos veces, sacó sus alas y rápidamente de dirigió tronco abajo, - voy a buscarle.
Gordito se deslizaba dificultosamente por la rugosidad del olmo y Lola lo alcanzó pronto, justo cuando pasaba al lado de una familia de babosas que vivían en un gran y anaranjado hongo casi en el pie del árbol.
-Hola, - dijo mientras se posaba a su lado.
-Hola, Lola, ¿vienes conmigo?- Preguntó Gordito ilusionado.
-Sí, tu me salvaste una vez, ¿quién te va a salvar a ti ahora si te ves en peligro?
-Gracias amiga, en marchaaa.
Pero Gordito se quedó pegado en uno de los caminos de babas que había cerca del hongo, y Lola tuvo que ayudarle a despegar el cuerpo.
-¿Ves?- Dijo Lola, y los dos se echaron a reír.

Las babosas eran unos bichitos muy, pero que muy, pobres, tan pobres que no tenían ni siquiera jabón para lavarse. Papá babosa y mamá babosa estaban todo el día buscando comida para sus babositas. Iban y venían todo el tiempo y por donde pasaban iban dejando un rastro plateado y pegajoso. Los demás insectos del olmo despreciaban a las babosas porque las consideraban sucias y malolientes, pero ellas hacían todo lo posible por caer bien a la gente, de hecho, mamá babosa y papá babosa habían formado un circo con toda su familia, y de vez en cuando organizaban una función. Papá babosa subía encima de tallos de champiñón haciendo equilibrio e intercalando los tallos con bayas duras y redondas de enebro, los niños babosas sabían hacer de todo: uno era mago, otro trapecistas, otro sabía lanzar bolas de baba y hacer malabares con ella, y mamá babosa se pintaba la nariz de rojo y hacía reír a todo el mundo, por eso la llamaban la babosa payasa. Pero la historia de esta familia es otra distinta a la de Gordito y Lola, quienes seguían su camino hacia la tierra.

lunes, 25 de enero de 2010

El Sueño de Gordito I

Gordito era un gusanote grande y rollizo, por eso todo el mundo en el Olmo le llamaba así. Era amarillo y verde, tenia grandes coloretes en cada mejilla y unos ojos soñadores que siempre estaban muy abiertos, tratando de comprender todo y de abarcar todo con su mirada.
Gordito tenia un sueño, era un sueño que se repetía todas las noches, todas las siestas, todas las noches otra vez, o sea, cada vez que se echaba una cabezadita. Gordito soñaba que se arrastraba por una manzana gorda, roja, reluciente, llena de jugo y de vida, iba dispuesto a darle un buen mordisco, preludio de lo que sería un hermoso y nutritivo túnel, cuando algo sucedió, no sabía cómo pero una fuerza mágica le hacía mirar hacia arriba, y, de pronto, vio algo maravilloso, algo que Gordito ni tan siquiera hubiera podido imaginar antes, un ser como nacido de la luz pasó volando sobre su cabeza, se sostenía en el aire como impulsado por algún extraño poder, el sol pintaba con muchos colores sus alas con forma de corazón y su cuerpo era esbelto y hermoso. Gordito dejó de pensar en la manzana y gritó:
-¿Quién eres?
Pero el mágico ser no respondió nada.
-Dime, ¿quién eres?,-volvió a insistir el gusanito, pero el ser parecía no oírle y se alejaba cada vez más. Gordito llenó sus pulmones, se irguió sobre su parte trasera y con toda la fuerza de su garganta gritó:
-Hola, dime quien eres maravilloso ser.
Ahora sí que pareció oírle, el ser halado giró en el aire, se dirigió hacia él y sosteniéndose sobre su cabeza dijo:
-¿Y tú?¿Quién eres tú?
-Soy Gordito, -dijo el gusano.
-¡Ah!, muy bien, Gordito, mira, Gordito, tengo mucha prisa, se acerca el invierno y tengo que ir al sur, allí hará menos frío. ¿Qué quieres saber?
-Quiero saber quién eres, por qué eres tan hermoso.
El ser rompió a reír con toda la alegría de su corazón.
-Ja,ja, ja, ja, así que es eso, me llamo Suave, y no soy más hermosa que mis hermanos y hermanas.
-¿Dónde están ellos?, ¿de dónde vienes tu?
Casi no le dio tiempo de formular estas frases porque el se emprendió de nuevo su marcha y desde la lejanía le gritó:
-Soy como tú, estoy dentro de ti, búscame en tu corazón.
Y en ese momento Gordito despertaba. ¡Le daba una rabia!, porque siempre despertaba en el momento en el que iba a salir corriendo tras Suave para hacerle más preguntas.

Gordito vivía en un gran olmo, mejor dicho, vivía en una rama de ese árbol, o mejor todavía, vivía en uno de los brotes más tiernos de una de las ramas más altas de un viejo y gran olmo.
El gusanito estaba todo el día comiendo o durmiendo, no conocía más que su ramita y no tenía amigos, así es que el poco tiempo que no estaba comiendo o durmiendo, se aburría muchísimo, se aburría tanto que le entraba sueño o ganas de comer, y volvía a hacer una de sus dos ocupaciones.
Ya sabemos lo que ocurría cuando dormía, soñaba, pero cuando comía no había casi nada que le distrajera, todo era comer, comer, comer, comer, comer, pausa para respirar, comer, comer, comer, comer,... Por eso un par de orugas bastante gruñonas que vivían en su misma ramita le llamaban glotón.
-¡Qué gusano tan comilón!,´-exclamaba la señora oruga.
-Fíjate que rollizo está. – Cotilleaba el señor orugo.
-Además no tiene ni un pelo.-Exclamaban a veces al unísono, extrañadas de que no fuese como ellas, llenas de pelos de colores por todos sitios, lo que las hacía temibles, aunque en el fondo no fuesen más que un par de cotillas.

En una ramita más debajo de Gordito vivía un animalito que hacía mucha gracia al gusanito, era una mariquita, tenía un cuerpo redondo y rojito con lunares negros, y podía volar, además era muy guapa y, sobre todo, lo que más gustaba a Gordito, a parte de que pudiese volar, era que sabía cantar y bailar, y taconeaba muy fuerte con sus zapatos de flamenca. Pero la mariquita no quería ser amiga de Gordito, decía que los gusanos y las mariquitas no podían ser amigos porque eran diferentes, ella le decía:
-¿Has visto alguna vez una uva y una mora en el mismo racimo? Pues no, ¿a qué no? Son distintas y por eso no son amigas, pues lo mismo nosotros.
Y Gordito que no sabía qué eran una uva ni una mora no entendía nada.

Un día ocurrió una cosa que haría cambiar de opinión a la mariquita. Era una mañana soleada, todo el olmo estaba lleno de vida, las polillas volvían a su nido a acostarse después de haber estado toda la noche trabajando, las orugas comenzaban a fabricar su hilo, y la ociosa y sabia cigarra sacaba brillo a su guitarra dispuesta a saludar al sol. Esta cigarra guitarrista decía siempre a la mariquita que no bailase sobre el tronco del árbol, porque estaban por allí las señoras hormigas, y era peligroso molestarlas porque se ponían furiosas con mucha facilidad. Pero a la mariquita le encantaba bailar sobre la madera fuerte y recia del olmo, porque su taconeo sonaba más fuerte.
La cigarra comenzó a tocar su guitarra y la mariquita, estirándose, comenzó a cantar y a taconear:

A mí me gusta chupar las flores
Y esconderme en las lechugas
Pero nunca me des coles
O te pongo cara de oruga

Tacatacatacatacatacatacatá.

Me gusta mucho la flor de brezo
¡Ay! Que bien estoy en el tomillo.
Me hago una falda con flor de cerezo
Y duermo la siesta en ese alamillo.

Tacatacatacatacatacatacatá.


Gordito se despertó con la segunda estrofa de la canción y se dispuso a mirar a la mariquita, a disfrutar de su canción y de su danza. Pero en el taconeo la señora oruga demostró el mal carácter que tenía gritando:
-Cállate ya, chillona. Todas las mañanas lo mismo. Ojalá chupes una flor de ortiga y te quedes afónica, - farfulló mientras tendía el hilo al sol para que secara en una hoja.
Entonces la mariquita, para fastidiar más a la oruga voló hasta el tronco, y allí empezó a taconear y a cantar más fuerte.

Tacatacatacatacatacatacatá.

Tráeme zumo de frambuesa
Échalo en una campanilla,
También me gusta mucho la fresa
Y para ti cantaré con mantilla.

Tacatacatacatacatacatacatá.

-Amiga mariquita, vuelve ya, -gritó la cigarra, - se acercan las hormigas, y parece que hoy están muy enfadadas.
-No importa, mira como taconeo.

Tacatacatacatacatacatacatá.

-¡Ay!, Socorro, - la mariquita había taconeado tan fuerte que había metido una patita en un hueco de la corteza y se le había quedado atascada, - no puedo sacar la pata.
En esto que una pareja de hormigas venían de ronda por el tronco. En cuanto la vieron se dirigieron hacia ella.
-Mira, la mariquita que nos hace burla todas las mañanas.
-Sí, vaya, vaya, le daremos una buena lección.
Se dijeron una a otra.
Mientras la mariquita gritaba pidiendo ayuda, pero todos temían a las hormigas, Gordito estaba tan asustado como los demás, y como los otros, no sabía qué hacer. Las hormigas estaban ya muy cerca de la mariquita, entonces Gordito se armó de valor, cogió un poco del hilo que las orugas tenían para secar, lo ató a su cintura y al rabillo de la hoja sobre la que se encontraba y se dejó caer con todo su peso y toda su fuerza contra el tronco, cayendo sobre las hormigas. Éstas, todavía aturdidas, salieron huyendo, la mariquita pudo librar el pie y volar hasta su hoja, y Gordito quedó colgando en el vacío, cuando miró hacia abajo se tapó los ojos y comenzó a temblar, pero todos los insectos de su rama le vitoreaban como a un héroe, y entre todos, pues Gordito pesaba mucho, lo izaron hasta su rama.
La mariquita, que estaba muy agradecida, le abrazó y le dio un beso.
-¿Quieres ser ahora mi amiga?-Preguntó Gordito.
-Claro que sí, y bailaré para ti todos los días.
-¿Cómo te llamas?
-Lola, -dijo la mariquita haciendo una reverencia.
-Yo Gordito.
-Encantada Gordito, - y se lanzó hacia él para volver a besarlo.

miércoles, 20 de enero de 2010

Tres haditas para Amalia

Todas las hadas tienen una misión en la vida, no se iban a estar todo el tiempo bailando entre las flores y recogiendo gotas de rocío. Tienen la misión de convertirse en el hada madrina de una niña. ¿Y qué es un hada madrina?, te preguntarás. Pues un hada madrina es un hada que cuida de su ahijada, vela por las noches para que no tenga pesadillas, sopla colores mágicos durante el día para que todo sea más bonito a sus ojos e inventa juegos por la tarde, para que nunca se aburra. Las hadas viven en su lugar preferido del mundo hasta que eligen una niña para ser su hada madrina, entonces pasan a vivir entre el pelo de la niña, en el dobladillo de su ropa, entre las páginas de su libro favorito, vamos, en cualquier sitio donde se sientan a gusto.
Un día, un día especial, tres haditas tuvieron que elegir a su ahijada. Las tres haditas eran el hada Limonada, el hada Naranjada y el hada Helada. El hada Limonada vivía en un precioso limonero, enorme y lleno de orondos limones, olorosos y ovalados. Compartía árbol con un camaleón que se llamaba Camatigre y que siempre andaba enfadado porque no controlaba la forma de mantener un color estable, se ponía tan furioso que los ojos le daban vueltas a toda velocidad, cada uno en una dirección. A Limonada le gustaba montar en Camatigre, cuando este no estaba enfadado, y algunas veces cazaba moscas para su amigo. Pero su pasatiempo favorito era perfumar su varita mágica y sus alas con zumo de limón, así, cuando volaba, todo olía a limón a su paso.
El hada Naranjada habitaba un grandísimo naranjo, un naranjo siempre repleto de flores de azahar que producían muchas naranjas redondas y dulces, naranjas naranjas, como el sol cuando se pone y cuando sale. El naranjo era como una cuna de muchos soles. Con Naranjada vivía la araña Consuelo, una araña vieja y tozuda que estaba casi ciega, pero que hacía una preciosa telaraña de formas exactas. A Naranjada le gustaba decorar los hilos de la telaraña con muchos colores, y luego los hacía vibrar para producir música, fabricando guitarras de música mágica, Consuelo se enfadaba cuando hacía esto, porque las moscas nunca caían en una trampa de mil colores, y nunca era capaz de cazar, pero luego la música siempre le apaciguaba y se contentaba con masticar alguna flor del naranjo, a falta de un suculento insecto. Pero con lo que más disfrutaba Naranjada era con la recolección del aroma de las flores del naranjo, del azahar, mojaba su barita mágica en los estambres de las flores e impregnaba sus alas en los pétalos, y toda ella olía a azahar de naranjo.
El hada Helada había hecho su casa en un enorme congelador de un restaurante. Era como una habitación que estaba llena de carne, verduras, pasteles, y, por supuesto, helados, todo muy frío, congelado vamos, imagínate. Helada compartía congelador con Agustín, un pingüino, cortés y servicial que se había escapado del zoo. Helada lo vio por mitad de la calle, saltando entre los coches, asustadísimo el pobre, y lo rescató. Cuando Agustín conoció la casa de Helada no se lo pensó dos veces y se instaló con ella, allí tenía las tres cosas que más le gustaba en el mundo: pescado, frío y una amiga. A Helada le gustaba ver como Agustín se tragaba las truchas congeladas enteras, y a veces jugaba a que se las arrojaba y él las cazaba al vuelo. Pero lo que más le gustaba era dormir, pero no dormir en cualquier sitio, no, le gustaba dormir en el interior de una tarrina de helado de vainilla, así que Helada siempre iba oliendo a vainilla por donde agitaba sus alas y su varita mágica.

El día especial era un día de invierno. Un hada cartero les hizo llegar una orden a cada una de ellas, tenían que elegir una niña a quien proteger, tenían que elegir de una vez a su ahijada, era una orden de la reina de las hadas, ya bastaba de holgazanería.
Limonada se lavó bien la cara con rocío, se estiró las alas, montó la barita mágica y dijo: “pues a buscar a mi ahijada”, en ese momento vio como Camatigre, su amigo camaleón, se escondía debajo de una gran y verde hoja, y es que un avión enorme surcaba el cielo con estrépito. “Ya sé”, dijo el hadita, “iré al avión y elegiré una niña que venga en él”. Y así hizo, rápida como el viento se dispuso a perseguir al avión, llegó al aeropuerto, esperó a que aterrizara y aguardó a que todo el mundo saliera por la terminal, qué impaciencia, qué nervios, ¿y si no viene ninguna niña en ese avión? ¡Qué no viene ninguna! ¡Unas cuantas!, todas guapísimas, con un pelo negrísimo de noche y unos ojos de eterna sonrisa. Entones, ante la indecisión, se tapó los ojos con una mano, giró sobre sí misma y apuntó con la barita, ya está, había elegido, se acercó al carrito de la niña y se refugió entre los pliegues de un peluche con forma de mariquita que la niña apretaba contra sí.
Mientras, Naranjada se había estado acicalando, y ya sus alas refulgían de tonos solares cuando se dispuso a buscar a la niña que sería su protegida. Hizo calentamiento de alas, dio un beso a Consuelo, y se lanzó al aire. Comenzó a buscar por toda la ciudad, nada, ni una niña pequeña sin su hada madrina, pues no iba a estar fácil la cosa. De pronto un coche reflejó el sol y deslumbró a Naranjada, la deslumbró tanto que cuando se quiso dar cuenta el coche estaba tan cerca de ella que no pudo esquivarlo y se dio un buen golpe contra el cristal, vamos, se quedó pegado a él, como un mosquito. Un poco aturdida, abrió los ojos bien y miró dentro del vehículo, conducía un señor, y una señora tenía en brazos a una niña con la cara radiante como un sol de amor, y pensó, “ya tengo una ahijada”, entró por un resquicio de la ventanilla y se metió dentro del sonajero de la niña.
Agustín llevaba un buen rato aporreando la tapa del helado de vainilla que servía de cama a Helada, ¡qué hada tan dormilona! “Vamos Helada, tienes que despertar, tienes que encontrar a tu ahijada”, gritaba Agustín, pero ni caso, Helada estaba soñando con un invierno lleno de nieve en el que construir muchos muñecos. Por fin Helada despertó, comió una ramita de brécol congelada y un poquito de helado de moras, se llenó bien las alas de helado de vainilla y salió a su pesar del congelador cuando ya era de noche, para buscar a la niña que iba a ser su protegida. La noche era fría, así que se atrevió a volar bajo, para poder mirar por las ventanas, entonces, a través de una ventana, en una habitación chiquitita, en una cuna de madera, vio una niña hermosa como la luna que alumbraba su cara, y pensó, aquí me quedo, esta niña será mi ahijada, y colándose en la casa, dio un beso a su ahijada, y buscó el congelador esperando encontrar una cama por lo menos tan confortable como la que tenía.
Los papás de Amalia estaban muy cansados, se habían reunido con su hija en un país muy distante del suyo, habían estado muchas horas en el avión para poder estar los tres juntos, y ahora se sentían muy felices, los dos miraban como su hija dormía, entonces mamá dijo:
-“¿No te parece que esta niña huele a limón y azahar?”
-“Es verdad”,- dijo papá,- “y antes al besarla, parecía que también olía a helado de vainilla”.
-“Es la niña más guapa del mundo”,- dijo mamá.
-“Y la más dulce”,- añadió papá.
Durante la noche, Helada salió un momentito del helado de crema catalana que le servía de refugio en el congelador, para comprobar que su ahijada estaba bien tapada, no fuera que cogiera frío. Estando asomada a la cuna, batiendo las alas despacito para no echar aire en la cara de la niña, notó un movimiento, miró sorprendida hacia el sonajero, sin duda, el sonajero se estaba moviendo. “¡Qué susto!, ¿qué habrá dentro del sonajero?”, pensó el hadita mientras se escondía entre las sábanas de la niña, pero recapacitó, salió de la cuna, se subió las mangas y esperó con cara de pocos amigos y con mucho miedo por dentro, a quien osara molestar a su niña. Del sonajero salió Limonada, Helada se abalanzó sobre ella y las dos rodaron por el suelo, Helada subió a caballo sobre Limonada y la inmovilizó.
“Déjame ya pedazo de animal”, gritó Limonada. “¿Qué haces en esta habitación?, vamos responde”, dijo Helada, “eso mismo te pregunto yo a ti, y baja de mi espalda que me clavas tu barita, jolín”, suplicó Limonada, “está bien, pero si me dices quién eres”.
-“Pues soy Limonada, el hada madrina de esta niña”.
-“Eso ni hablar, el hada madrina de esta niña soy yo”, reclamó Helada.
“Soy yo, soy yo, soy yo, soy yo, soy yo, soy yo”, gritaban las dos haditas cada vez más enfadadas. Hasta que otro grito, más agudo y fuerte acalló a las contrincantes.
-“Callaros las dos, esta niña ya tiene hada madrina, el hada Naranjada, que soy yo, y se llama Amalia, lo escuché en el coche cuando venía con sus padres”.- Naranjada se había despertado con tanto alboroto.
Pero ahora el lío era más grande, ya no eran dos las haditas que querían proteger a Amalia, sino que eran tres, y cualquiera se ponía a decir cual de ellas chillaba más fuerte o quien amenazaba más con su barita mágica. Tan grande era la riña que Amalia despertó y se puso a llorar, y es que despertarse en medio de la noche porque tres hadas estén discutiendo en tu habitación no le gusta a nadie. Papá y mamá saltaron de la cama, tomaron en brazos a la niña, la llenaron de besos y la metieron en la cama de ellos, para que no se sintiera sola en el resto de la noche.
En esto, las haditas se reprochaban con gestos una a otras que habían tenido la culpa de que Amalia despertara, y se empujaban de la habitación unas a otras, reclamando ser el único hada de la niña. Como no llegaban a un acuerdo decidieron volver cada una a su casa y quedar para el día siguiente para un combate de baritas mágicas, la vencedora sería el Hada Madrina de Amalia.
Cuando Limonada contó a Camatigre lo sucedido, el camaleón se puso de color morado con lunares amarillos, señal de que estaba pensando, y dijo: “tenéis que llegar a un acuerdo”. “No, no hay acuerdo que valga, Amalia es mi ahijada, y ahora me voy a dormir”. Qué cabezota el hadita, Camatigre, lamentándose, bajó lentamente del árbol y se encaminó al naranjo donde sabía que vivía Naranjada.
Consuelo también escuchó toda la historia de boca de su amiga Naranjada, se rascó la cabeza con una pata peluda, y dijo: “yo creo que las haditas buenas llegan a acuerdos, tenéis que hablar”. “Hablar, no y no, Amalia es mi ahijada, y ahora me voy a dormir. ¡Vaya carácter el hadita!, Consuelo, pensativa, se ató un hilo a la cintura, e hizo puenting hasta el suelo, “voy a buscar a Limonada, a ver si le hago entrar en razones”, dijo mientras se balanceaba en el vacío.
Agustín estaba jugando al juego de la herradura con unos langostinos cuando Helada le narró todo el episodio de la riña con las otras haditas, y dijo: “sentaros y conversar tranquilamente, tiene que haber una solución”. “¿Solución?, sí, la solución es que me dejen en paz las otras porque yo soy el único hada de Amalia, y ahora voy a meterme en mi helado de vainilla, no hagas ruido”. Cuando Helada se enfada es que se pone insoportable. Agustín decidió acercarse al parque donde vivían Limonada y Naranjada aprovechando la noche, a ver si las hacía entrar en razones. Llegando al parque se encontró con una pareja muy especial, Camatigre y Consuelo se habían reunido, bueno más bien Consuelo aterrizó en la cabeza de Camatigre, y ya puestos se pusieron a conversar sobre lo acontecido a sus amigas. Agustín, que no conocía de nada a la araña ni al reptil, se sorprendió de que hablaran de Limonada y Naranjada, y se presentó, se sentó con ellos y con los dos coincidió en que sus amigas eran unas cabezotas. Decidieron encontrar una solución al conflicto antes de que se hiciesen daño con una de las baritas. Mucho pensaron, pero era difícil la solución, ninguna quería renunciar a la niña. Al final Agustín dijo, “a ver Camatigre, ¿qué es lo que más le gusta a Limonada?”. “Pues, pues,- contestó Camatigre morado y amarillo.- lo que más le gusta son los limones, dice que son como el sol cuando sube alto por la mañana”. “Ajá,”- dijo Agustín apuntando la respuesta en el mullido suelo con una ramita. “¿Y a Naranjada, qué es lo que mas le gusta? Consuelo”. “Pues a Naranjada,- dijo rascándose la cabeza con una pata peluda,- lo que más le gusta son las naranjas que dice que son como el sol cuando cae en la tarde”. “Ya”,- dijo Agustín apuntando la respuesta. “Pues lo que más le gusta a Helada es tapar a los niños para que no pasen frío, así que ya tengo la solución, mañana acompañad a vuestras amigas al duelo de baritas mágicas, yo las convenceré para que lleguen a un acuerdo”. Así el camaleón, la araña y el pingüino siguieron cada uno su camino.
A la mañana siguiente las tres haditas madrugaron mucho para medirse con las otras y ser la única hada de Amalia, cada una iba con su amigo y cuando las tres estaban en el aire formando un triángulo y amenazando con sus baritas los amigos gritaron a la vez desde el suelo: “chicas, no peléis tenemos una solución”. Las hadas, sorprendidas, bajaron al suelo y se dispusieron a escuchar. Agustín se aclaró la voz, y con autoridad dijo: “ya que las tres habéis elegido a Amalia, se nos ha ocurrido a Camatigre, a Consuelo y a mí mismo, que lo mejor es que las tres seáis las hadas de la niña. Limonada, que adora la mañana, estará presente cuando Amalia despierte y la acompañará en las primeras horas, Naranjada, que se pirra por los atardeceres, estará con ella hasta que se ponga el sol, y Helada vigilará su sueño por las noches y estará pendiente de que ni pesadillas ni el frío entren en su habitación, ¿qué os parece? Nosotros creemos que es un buen acuerdo, además vais a tener mucho tiempo para jugar con nosotros y no creo que se queje el sindicado de Hadas porque vais a trabajar menos. Bueno, ¿qué os parece?”. Las tres haditas se quedaron mudas de asombro, qué acuerdo tan maravilloso, las tres saltaron de alegría, se abrazaron y frotaron sus alas mezclando sus olores, habían llegado a un acuerdo.
Desde entonces Amalia es la niña más afortunada del mundo, la niña de pelo negrísimo de noche y ojos de eterna sonrisa, tenía tres haditas para hacerla feliz y otra cosa, pero no se lo digas a nadie, también tenía un dragón pequeñito y rojo que se había traído de China.